Palat y los habitantes del tiempo

15 de mayo, 2012 - General - Comentar -

Veníamos con el sol que a esa hora reinaba sin la molestia de nubes ni reparos. Desierto, arena. Nada. Nuestro guía, Osama Toma, nos llevaba a un pueblo “bonito”; según decía, mejor que las inexistentes aunque cercanas ruinas del templo romano.

El pueblo era un modesto caserío de “casa modernas”, esas construcciones de ladrillo y cemento que se me antojan inhabitables en el desierto, en el sol, bajo ese cielo siempre gris azulado o azul, sin blancos. Pobre o humilde; algunos sembradíos confirmaban la cercanía del oasis de Dakhla. Pero escondido tras o debajo -o ambas cosas- de las “casas modernas” estaba el original Palat, el pueblo de “casa antiguas” siempre según la didáctica de Osama, quien nos decía con evidente poca convicción que databa del 1.800, aunque olvidé la precaución de preguntarle si antes o después de Cristo, cosa que por aquellos lados es de tener en cuenta. En algunos lugares figura como “pueblo medieval”. Lo cierto es que ya Herkhuf, gobernador de Elefantina durante el reinado de Merenre I (dinastía VI; 2260-2254 a.c.) relata en la autobiografía que decora la entrada a su tumba en Hubbet el Haua, las tres expediciones que realizó por esa zona para asegurar Nubia y someter a los “hombres de las arenas”.[i]

Casi lindando con el desierto, cerca de un carrito de chapa se insinuaba un pasadizo oscuro. Nos adentramos en un laberinto –de a ratos techado-, estrecho de adobe y maderas y paja, piedra y arena. Y sol, y sombra, equitativamente repartidos. Ahora era una forma de la arquitectura sudanesa antigua la que se adueñaba del paisaje.

Y nos adentramos en el tiempo, porque ese laberinto, esas casas que no se sabía donde acababan o comenzaban –cada tanto una puerta pequeña cerraba el misterio- era de otro tiempo. De otro tiempo, y para mi suerte algún dios o demonio consintió que se mezclara con este.

Entonces se detuvo el mundo, y también el calor, y el aire seco; hasta el sol quedó quieto, casi vertical, como mirando. Incluso Osama, contrariando lo que había hecho desde que salimos de El Cairo, hacía ya días y casi 700 kilómetros, no habló. El también se había enredado entre dos o varios tiempos, entre faraones, entre nubios, entre persas, entre Alejandro Magno o los turcos, entre Napoleón o los ingleses, entre la plaza Tahrir y la revolución. Todo el tiempo se incrustaba entre el aire y el pueblo. Quien sabe que susurradas historias guardarían sus paredes, que silencios no sabíamos escuchar bajo el sol y la siesta.

Una parte del pueblo yacía abandonada, cadáver maltrecho de casas y graneros desechados a cambio de la bonachona y gubernamental promesa de las “casas modernas”. La otra aún estaba habitada, nunca vimos por quien. Fantasmas sus ocupantes, no se dejaron ver. Solo oímos las voces, las risas de los niños, los ecos de los juegos. Atravesamos el tiempo con un respetuoso silencio, al que solo distraía el obturador de mi cámara, casi tan frenético como yo. No me resistía a los juegos de contraluces y sombras de sombras que dibujaba el sol sobre el adobe cuando intentaba imponerse a la penumbra y el fresco de los pasadizos techados.

Pensé entonces en las gentes de Palat, habitando, quizá sin notarlo, dentro del tiempo; dentro de un tiempo incalculable comparado con el que yo habito, hecho de ahoras y prisas, casi sin historia, apenas doscientos miserables años que no sirven para definir un pueblo. Supuse también, que tanto tiempo, tanta historia acumulada en generaciones inmemoriales, merecería una estancia prolongada en el lugar, en sus gentes, para poder atisbar siquiera quienes eran.

Aún así trataba de observar y escuchar cuanto podía; en la gente de las “casas modernas” se escuchaba cuando caminábamos, un saludo campechano en un idioma que no conocía pero se me asemejaba al de los campesinos de mi país, que saludan porque sí, por respeto, por si se necesita. Osama me dijo que la palabra que ya no recuerdo significaba “venga”, venga a mi casa, venga a compartir charla y té. Era en fin, una formalidad, pero luego de pensar un momento, aseguró que en estos lugares no era raro que el saludo no fuera una simple fórmula, que si uno asentía, podía de pronto encontrarse tomando el té con el desconocido, en su casa. Habíamos observado ya la solidaridad en las rutas, atravesadas de vez en vez por unos vetustos camiones o autos que acostumbraban romperse cada tanto. Ningún problema, el primero que pasaba se detenía y solucionaba, si no la rotura, al menos la situación; incluso vimos a alguien que se detuvo a ayudar en una pinchadura y ante nuestra sorpresa sacó su rueda de auxilio y la colocó en el coche averiado.

Me parecía que a pesar de los cambios y la “modernidad”, traspasando los siglos aún estaba fresca y viva la moral del clan, de la tribu, con todas sus obligaciones y derechos. Y esto no solo se ve allí, en el desierto, sino también en las ciudades, en cada egipcio. Me pregunto cuánto tiempo tardarán el “progreso” y la “globalización” en acabar con lo queda de lo que podemos llamar “unión fraterna”, cuando terminará de reemplazarse por la “unión económica”. Las “casas modernas” que Osama menciona y que vimos a la entrada del pueblo son unifamiliares; las que ahora recorro albergan varias familias, una tribu completa, un clan; y esto genera una situación social diferente, más humana, donde se comparte todo. Lo prueban las “mastabas”, esos asientos largos a la entrada de las casas, en los pasillos. Son un lugar para sentarse y compartir, tomar el té y charlar.

Atravesando el tiempo, los egipcios “modernos” se las han arreglado para que la tradición de alguna manera sobreviva en las ciudades. Incalculables edificios sin terminar, solo con la planta baja y uno o dos pisos habitados, que en mi ignorancia atribuí en principio a la “crisis” (un argentino siempre piensa en término de crisis económica) y que luego indagando descubro que son los edificios que el padre de familia construye para vivir junto a sus hijos, una vez que estos se casen. Un nuevo amigo, Hassan Kamel, me cuenta que trabaja en el campo, y su familia comparte una de estas construcciones donde la planta baja (sala, cocina y comedor) son comunes a todas las familias, y los pisos superiores son habitados por el padre y sus hijos con sus familias, cada uno en su departamento. La movilidad que exige la “vida moderna” pronto acabará por impedir que esta situación se mantenga. No es casual que las “autoridades” promuevan la utilización de viviendas unifamiliares para una familia nuclear, destruyendo así costumbres de siglos, y un vínculo social donde la solidaridad va por encima de lo individual, y la gente está ligada a su tierra. No dejo de pensar, como parte de lo mismo, en los “viejos” de mi pueblo que, aún hoy, acostumbran al caer la tarde sentarse en la puerta de la casa a tomar mate con los vecinos, a ver quien pasa…

Que no daría en ese momento por atravesar las puertas diminutas y sus misterios, ponerle cara a las risas y las voces; conocer el otro lado de ese lugar cálido y misterioso, lugar donde contra las piedras y el adobe se amontonan siglos, edades enteras; tan lleno de historia que hasta sus paredes están saturadas de leyendas sobre leyendas, aquí uno cuenta que viajó a la meca, allá otro estampa el nombre de su familia o graba versos del Corán sobre un dintel de madera.

Más allá de las voces, el barro y la piedra me hablan y me dicen. Y los enredados pasadizos con sus sinuosos dinteles de troncos parecen gesticular, como adivinando que no entiendo.

José Cardoso

Kharga, invierno de 2012

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[i] Citado por Nicolás Grimal en “Historia del antiguo Egipto”, Madrid: Akal. 2004

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