Visitando a los Dogón (Mali)

29 de septiembre, 2014 - Bitácora - Comentar -

 

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Mucho se ha escrito sobre los Dogón, ese pueblo tan peculiar que vive bajo, sobre o en la falla de Bandiágara, en Mali, casi llegando a la frontera con Burkina Faso.

Pues yo no quiero “escribir”, solo quiero contar, pues me parece la mejor forma de la antropología; y si de antropología hablamos, hablamos de personas, de afectos, de emociones, de relaciones. Ya lo dijo Hegel hace mucho: “El mundo es un organismo de relaciones dialécticas”.

Relaciones...

¿Cómo comprender las relaciones de los hombres con su entorno, y los demás hombres de su entorno? Pues viviéndolas, sintiéndolas, tocándolas....

Entonces quiero contar lo que vi y lo que sentí recorriendo junto a María Inés -habitante cada vez más asidua de mis bitácoras y compañera de viaje- algunas pocas de las setenta y tantas aldeas que se despliegan sobre la franja de doscientos cincuenta kilómetros en la falla de Bandiágara, donde además se hablan más de cuarenta dialectos de la lengua Dogón.

Los Dogón se tocan, y se tocan mucho. No solo se tocan, sino que no llevan consigo alcohol en gel. Se tocan porque quieren, porque sienten. Y no tienen miedo. Y no se contagian nada. Y se dicen con las manos con que se tocan.

Nosotros no nos tocamos.

¿Y qué hago yo cuando me tocan?

Pues al principio se siente raro, hasta que uno se deja tocar y comienza a sentir, a sentir el contacto como algo natural, como que el otro es una extensión de mi cuerpo y mi cuerpo una extensión del suyo. Me toman la mano y me llevan, como llevan las piernas y los brazos, el cacharro con el agua sobre la cabeza o el atado de leña. Vamos juntos.

Cuando llegamos a Kani Kombolé, la primera aldea Dogón que visitamos con María Inés, nos recibió el “jefe del pueblo”, título que hasta dónde pude ver, poco tenía que ver con los posibles significados que un blanco podría atribuirle.

En realidad nos recibió un ser maravilloso, infinitamente feliz de poder, luego de dos largos años, volver a recibir “visitas”. La guerra al norte de Mali había espantado a todo aquel que no fuera del lugar, y tuvimos el extraño privilegio –durante todo nuestro viaje- en ser casi siempre “los primeros blancos” en pisar Mali.

Más allá de todo, este buen hombre, con su túnica azul y su barba blanca, se deshacía en sonrisas y nos hablaba sin parar en bambara, como si supiéramos; y fue como si supiéramos, porque hablaba con su risa, con su andar, con sus manos que tomaron las mías y me llevó a caminar con él, sin soltarme en ningún momento, era como estar “cableados” conectados, muy raro y lindo, por cierto.

Y todos los Dogón se reían, sobre todo los niños, se reían mucho, pedían que les sacáramos fotos y caminaban de nuestra mano por las aldeas, todo el tiempo; todo el tiempo con dos, tres cuatro niños prendidos de nuestras manos. Manitos de tierra y agua, que no contagiaban sino cariño, franqueza en esas miradas, en las risas. La serenidad alegre de quien está en paz.

Curiosamente, entre tanto afecto, no está muy bien visto en este pueblo la muestra de afecto entre marido y esposa, o entre padres e hijos mayores; cuando ya en la aldea de Telly, acompañamos a Mamadou –nuestro guía- a saludar a su padre, a quien no veía hace largo tiempo, este se limitó a intercambiar, desde la entrada de la casa, sin acercarse a él, un saludo interminable al mejor estilo Dogón y algún que otro breve comentario y se dio por cumplido. Y ya nos retiramos por donde habíamos venido.

Mamadou nos llevó a conocer la casa de las palabras, una curiosa construcción de madera, paja de mijo y piedra, muy bajita, que se encuentra en la entrada de cada aldea. Allí los hombres reciben al visitante y se reúnen a discutir las cosas de la aldea. Se habla allí dentro, o mejor allí debajo, porque es un lugar abierto, solo un techo para protegerse del sol. Todas las construcciones de sus aldeas tienen eso tan diferente a las nuestras (a excepción creo, de la casa del Ogón, pero ya hablaremos de él); cuando uno camina por los pasadizos entre las casas, los pasadizos de tierra y adobe, de pronto se encuentra entrando o saliendo de algún lugar. El paisaje se continúa, entradas y salidas de lugares que nunca están cerrados y no siempre techados, tierra y adobe. Todo es lo mismo, nosotros mismos éramos, como los niños, de tierra, parte de esa tierra que se nos pegaba en la ropa, el pelo, la piel; siempre tierra, pero tierra no mugre, tierra que da y abriga y atrapa para que uno ya no la quiera soltar y no molesta tenerla encima y adentro. Aquí donde habito, la tierra es mugre, allá es la vida misma que se despliega de la sabana para levantarse en construcciones tan bellas y que parecen simplemente haber brotado y tener la forma del paisaje, no se recortan, no se distinguen, son lo mismo con formas que también hablan, porque todo tiene su significado. Y las formas de la madera y el barro cuentan sobre los hombres que las modelan y habitan, y sobre la falla que está siempre y siempre, y las tortugas, la luna y el sol, los cocodrilos y las mujeres pariendo y dando la leche y el hombre levantando los brazos al cielo y las estrellas. En cada pared, en cada columna, en cada puerta y en cada lugar hay dibujos y relieves que van contando la historia, las costumbres, y en fin todo lo que se necesita saber para poder vivir la vida.

Y en la casa de las palabras los hombres hablan y, a veces discuten pero la casa no permite que se enojen porque tiene el techo tan bajito que no deja a los hombres estar sino sentados, no permite la pelea, solo la palabra. Así de sabios son los hombres que la construyeron.

Y vimos también la casa del Ogón, que tiene la misión de guiar a la aldea y la aldea le consulta sobre sus problemas, sus dudas, sus acciones. Y el Ogón, a través de su hijo les aconseja. No se puede hablar con el Ogón, solo con el hijo. El Ogón no puede salir de su casa, ni dormir con su mujer, ni bañarse en el río. Una serpiente lo limpia con su lengua cada noche, cuando su mujer se retira a otro lugar y queda solo.

La casa del Ogón tiene las paredes del frente más altas que las demás, y en incontables nichos el Ogón va dejando los fetiches y medicinas que realiza para ayudar a la aldea o a personas en particular, y los cráneos de los animales que se sacrifica. Y tiene un sombrero rojo –todos los dogón tienen su sombrero, blanco o azul, marrón el de los cazadores para no ser vistos por sus presas- y que un día, cuando estaba con sus compañeros en la casa de las palabras, discutiendo quien debería ser el nuevo Ogón, porque el anterior había muerto, llegó volando y se posó sobre su cabeza, porque un diablo[1] disfrazado de anciano, supo que él era el más indicado para guiar los destinos de la aldea. El diablo lo supo cuando los hombres volvían del campo hacia la casa de las palabras. Lo supo porque esos hombres que no le conocían pasaron simplemente a su lado y uno de ellos, solo uno, le saludó. Y entonces el diablo supo que ese hombre, que se paraba ante un anciano, porque quería aprender y mostraba respeto, era el indicado. Y ordenó al sombrero que volara hacia él y ya se pose sobre su cabeza. Y así la aldea tuvo un nuevo Ogón, gracias a la magia de un sombrero rojo.

Nos cuentan que hacia el siglo XII, los Dogón, huyendo de los Toutcoleurs y del Islam, bajaron hasta Mali; no recuerdan muy bien desde dónde bajaron, pero llegaron hasta la falla de Bandiágara y allí se quedaron.

Antes de Bandiágara estuvieron en el País Mandingo (región donde se encuentra la actual capital de Mali, Bamako). Hasta allí los llevó su padre: Bambara. Dogón y Bozo (otra etnia de Mali, pescadores de oficio) son hijos de Bambara, me cuenta Mamadou Guindo, nuestro guía y traductor:

- Hace mucho tiempo, cuando llegamos al país Mandingo (al Oeste de Mali) no teníamos nada para comer. Dogón y Bozo, que eran hermanos –Dogón el hermano mayor y Bozo el menor- salieron a buscar comida y caminaron muchos días sin encontrar nada. Bozo comenzó a llorar a causa del hambre, entonces Dogón arrancó con un cuchillo la piel de su pié y se la dio a comer. Bozo comió y calmó su hambre, pero vió que Dogón estaba muy dolorido por su herida, entonces preguntó: ¿Qué te pasa Dogón, por qué lloras? Dogón respondió: lloro porque me duele el pié, ambos hemos comido mi piel y mi sangre. A partir de ahora somos lo mismo, no podemos pelearnos ni tampoco casarnos.

Desde entonces, los Dogón y los Bozo no se casan entre sí, aunque pueden hacerlo con integrantes de otras etnias.

Finalmente llegaron a la falla. Esa gigantesca pared de piedra de hasta cuatrocientos metros de altura brindaba un refugio seguro contra los enemigos.

Entonces se instalaron sobre la pared, ni arriba ni abajo: en la pared.

Pero curiosamente, la pared estaba habitada. Allí vivían los pigmeos, a doscientos o trescientos metros de altura, también sobre la pared. Sus casas excavadas en ella, y uno al verlas se pregunta cómo podría esa gente vivir allí, “colgados” de una pared vertical, debiendo bajar y subir cada día a buscar agua, comida, leña.

Pues la respuesta es muy simple y sencilla y mágica, como casi todo lo que allí se cuenta.

Nosotros atribuimos a García Márquez o Juan Rulfo la invención del “realismo mágico” en la literatura. Pues entre los Dogón, como en tantos lugares del África, el realismo mágico no se escribe, se vive. Y en realidad tampoco se vive, simplemente es la realidad, que a nosotros nos parece mágica. Pero no; solo es así.

Y regresando a los pigmeos –mal llamados Tellem, según nos aclararon- a estos les resultaba muy fácil subir y bajar y transportar sus cosas, porque los pigmeos pueden volar.

-Ahhh, ¿me estás hablando en serio, Mamadou?

-Pues claro, los pigmeos vuelan, todos lo saben. Y si necesitan subir un cántaro, solo lo ponen sobre el piso y le hacen una seña con las manos y el cántaro vuela hasta arriba, hasta su casa.

Pero los Dogón eran más fuertes que los pigmeos y terminaron echándolos de la falla y allá fueron a instalarse ellos, aunque no pueden volar. Y como no pueden volar, se sirven de largas sogas confeccionadas con las fibras de la corteza del baobab (del que también extraen otros derivados); así cada baobab de la zona está “desnudo” desde unos dos metros hacia el suelo, pues se le quita la corteza.

Las casas tan pequeñas de los pigmeos fueron utilizadas como nichos para albergar a los muertos, y los Dogón cavaron y construyeron nuevas casas, con tronco y barro, y también sus graneros pues son muy importantes. A medida que trabajosamente María Inés y yo subíamos por la falla, Mamadou y algunos niños se movían como si no tuvieran peso ni músculos que se cansen. Tuve miedo por los niños que subían y bajaban corriendo y no resistí a preguntar si había muchos accidentes dada la considerable altura y lo escabroso y estrecho del terreno.

-Pues no, lo niños se acostumbran a correr y jugar allí arriba. Y no se caen, yo mismo he nacido sobre la falla.

-Los niños son como las cabras, me aclara Mamadou.

En la actualidad, pocas familias viven en la falla, la mayoría en el valle, pues están más cerca de sus tierras, del agua, del mijo, de los baobabs, de todo. Otros arriba, en la meseta, con un paraíso de árboles y sembradíos entre las piedras.

Contaba más arriba que los graneros son muy importantes entre los Dogón. Y los tienen de dos tipos: uno más grande y con techo puntiagudo, para el hombre, y otro más pequeño y con techo plano, para la mujer. El granero del hombre no tiene divisiones internas y allí este guarda el grano que ha cosechado. El de la mujer tiene varios espacios diferentes y ella guardará los frutos de sus cosechas (cebolla, ajo), sus pertenencias privadas (alhajas, dinero) y el grano que el hombre le va dando.

Nos llamó la atención que el hombre le dé a sus esposas el grano, cuando podrían sacarlo ellas del granero masculino directamente.

Mamadou me explica la situación:

El hombre cosecha el grano y le da a su mujer grano para tres meses (mayormente para la producción de alimentos y algún derivado; en algún caso para trueque). Luego de los tres meses, la mujer debe pedirle día por día el grano que irá necesitando.

- Extraña costumbre la vuestra. ¿Y a qué se debe?

- Pues si el hombre le diera todo el grano de una vez, la mujer lo gastaría todo antes de la siguiente cosecha.

Sabiduría ancestral.

María Inés no estaba muy convencida de que fuera sabiduría, ni de que fuera ancestral.

Los graneros además tienen pequeñas puertas por donde se introduce o se saca el grano, o por dónde puede introducirse una persona. Son de madera y totalmente labradas, al igual que las puertas y las ventanas de las casas (¡que siempre están abiertas!), pero se sellan con barro para evitar el acceso de roedores al grano.

Estas puertas son obras de arte por sí mismas. Poseen una decoración bellísima con motivos más o menos realistas, más o menos abstractos que se repiten una y otra vez en las puertas, columnas, vigas, orcones, ventanas y cuanta cosa haya realizada en madera, esté donde esté y sirva para lo que sirva. Todo está decorado: aquí una representación de la falla, allá una del Ogón, su mujer y su hijo, la estrella sirio, el sol, el cocodrilo, la tortuga, el zorro, el conejo, una mujer amamantando, un hombre con los brazos en alto y tantas otras cosas.

Las tallas en la madera son realizadas por el carpintero de la aldea, quien posee una destreza y seguridad en su trabajo que jamás he visto en un escultor de los muchos que conozco. No falla los golpes, sus herramientas son mínimas, su madera es buena y su oficio mejor. Aprende el oficio de su padre y así se pasa el conocimiento de generación en generación; aprende la forma de resolver cada motivo y adquiere la capacidad de producir alguno nuevo, aunque siempre es muy tradicional el trabajo. Toda la aldea le encargará sus puertas y ventanas y decorará también los espacios comunes donde haya elementos de madera. Por supuesto no firma su trabajo ni procura innovar en el diseño ni destacarse de los demás carpinteros; lo que realiza es lo que la aldea necesita y no obtiene provecho personal ni privilegios por ello. De hecho, los trabajos en madera los realiza luego de la época de lluvias, pues trabaja el campo al igual que los demás; lo mismo el herrero, el que fabrica los gorros y otras prendas, etc.

El arte de los Dogón no es fácil para nosotros, pero cualquier Dogón sabe qué es y qué significa cada cosa que se representa, realista o abstracta. El lenguaje de la imagen es compartido y común: comunica, transmite, enseña, conserva.

Muy diferente de nuestro arte occidental.

Nos llamó la atención la profusión de cocodrilos y tortugas en las decoraciones, por lo cual no pudimos más que preguntar a que se debía tanto empecinamiento con tales bichos.

(En un libro de artes podría encontrar la siguiente explicación: “Los Dogón adoran al cocodrilo y la tortuga como dioses; creen que estos tienen determinados poderes y les deben por tanto rendir tributo. Cuando pasamos de nuestros interesados libros a la realidad, todo es muy diferente)

No hubo mucha explicación esta vez, solo decirnos que el cocodrilo y la tortuga son muy importantes para los Dogón. Así una y otra vez.

Hasta que finalmente Mamadou accedió a darnos la respuesta. Mezcla de magia y comicidad, como todo por esos lugares, donde reírse no es la excepción sino la regla:

-Cuando nosotros llegamos aquí (uno podría pensar que fue la semana pasada y no hace casi diez siglos, así de diferente es su concepto del tiempo), no teníamos agua y fuimos a buscarla, pero no la encontramos; como teníamos mucha sed le preguntamos al cocodrilo si nos podía decir en donde estaba. Entonces el cocodrilo nos dijo que le siguiéramos, y nos llevó hasta un mar de agua. Por eso es tan importante el cocodrilo, nos mostró el agua.

-¿Y qué hay de la tortuga?

- Nostros los Dogón podemos tener cuatro esposas. Y también tenemos una tortuga. Y las esposas a veces discuten entre ellas o se tienen envidia, y se enojan. Y a veces discuten con el marido y se enojan. Entonces si la esposa está enojada con el marido, cuando ésta le prepara y da de comer, el Dogón hace que primero coma la tortuga. Si la tortuga vive, el Dogón puede comer.

Más sabiduría ancestral y la seguridad de que aquí no se recurre a la terapia de pareja ni cosas por el estilo. Por lo demás, cuando una mujer Dogón enviuda, se casará con un hermano del difunto y la vida sigue, sin demasiada propiedad privada.

Con el alba, comienza el día y apenas se insinúa el amanecer y ya comienza el bullicio en la aldea: hombres, mujeres, niños, cabras y gallinas se comienzan a escuchar exactamente a la misma hora, como un gran coro dirigido por el sol.

Con el día renace también la vida pública, y lo privado se resiente hasta casi desparecer, todos andan por cualquier lado y entran y salen de cualquier casa como si fuera la propia; incluso nos sucedió que apenas despertando en nuestra “habitación” (una hermosa terraza) con María Inés, se presentó alegremente Mamadou a contarnos que iríamos a visitar tal o cual lugar, luego se sentó a nuestro lado –nosotros estábamos aún acostados sobre una colchoneta en el piso, tapados con una manta- y se puso a charlar y a recibir a los demás hombres que se acercaban a saludar y charlar, todos instalados alrededor nuestro.

Poco a poco se reordenan los espacios y las mujeres ocuparán el suyo al igual que los hombres que se reunirán en los propios. Y cada quien a su tarea: labrar el campo, buscar el agua, la leña, organizar las comidas o realizar trabajos comunes de la aldea.

Debemos hacer una corrección: todos andan por casi cualquier lado. En todas las aldeas hay algunos lugares vedados a la mayoría. Por ejemplo el lugar donde se guardan las máscaras y trajes para las fiestas o celebraciones, tan hermosos y característicos de los Dogón; también hay una habitación dentro de la aldea, sola en medio de las calles, donde las mujeres que están en su período menstrual deben recluirse apartadas del resto durante siete días, pues de lo contario arruinarán los fetiches de la casa. También vimos un curioso lugar, casi un rincón entre callejuelas, donde ciertos niños, los primogénitos varones tenían prohibido jugar, no supimos por qué. Y en otra aldea, al costado de la misma, una gran bola de barro blanca cerca de la cual no se debía caminar, ni tomarle fotos, pues era un fetiche de la aldea

En cuanto al trabajo, todo lo relacionado a la producción se realiza en forma comunitaria, la tierra está dividida entre las familias de la aldea; no debemos entender familia en nuestra acepción (familia nuclear) sino en su significado como clan o linaje, y todo gira en torno a esa familia y lo comparte todo; de ahí que las viudas, para no salir de la familia, contraigan enlace con alguno de los hermanos del su difunto esposo.

Entonces aquí, todo se comparte y reparte, nadie tiene la posibilidad de “acumular” fortuna como tampoco de quedar en la miseria o solo, el clan y la aldea toda, protegen y contienen y los hijos aseguran una vejez tranquila:

 -aquí, nuestros hijos son la obra social, nos explica Mamadou.

También la elección del marido o la esposa recae en la familia y no en los individuos; aun siendo los niños muy pequeños o recién nacidos, sus padres concertarán la futura boda con los padres de otro niño o niña. Contraerán matrimonio al cumplir él los dieciséis o ella los catorce. Como en toda sociedad sin diferencias de fortuna ni clases sociales, el amor no es la base del matrimonio sino una consecuencia natural. La base de la familia nuclear es dar sustento y continuidad a la familia clan, y sobre esta premisa se organiza.

Las consecuencias directas de esta forma de vida se observan de continuo: no hay mayores problemas, ni envidias, ni más diferencias que las que otorga el prestigio ganado por alguna habilidad o destreza útil a la comunidad; no hay robos, ni asesinatos, ni conocen el suicidio, ni desamparo, ni problemas “sociales” y los jóvenes simplemente son jóvenes y viven su vida sin tribus urbanas, ni drogas, ni alcoholismo ni nada de eso a lo que aquí estamos acostumbrados. Y riendo, siempre riendo. Y saludando, con respeto, que se muestra cruzando una mano sobre el antebrazo contrario al dar la mano. Para los Dogón es muy importante saludarse, y al saludarse muestran, a través de ciertas fórmulas gran interés por el otro; es más o menos así:

 

persona 1                                                      persona 2

Uwana (hola)                                                   poo (hola)

Seoma (¿qué tal?)                                            seo (bien)

gueseo (¿qué tal la salud?)                                seo

umara ue sewema (¿qué tal la flía?)                   sewi (plural de seo)

uñe seoma (¿qué tal la mujer?)                          seo

uñe sewina (¿qué tal las mujeres?)                     sewi

inala seoma (¿qué tal la madre?)                        seo

ununwe sewema (¿qué tal los hijos?)                  sewi

udede seoma (¿qué tal el padre?)                       seo

ubó urué sewema (¿qué tal los parientes?)          sewi   

Oh (fin)

 

Una vez que la persona 1 ha hecho todas sus preguntas (puede preguntar también por las cabras, las gallinas, el gallo y cualquiera otra cosa) la persona 2 comienza con el interrogatorio. Si hay más personas en el grupo, el saludo se repite una y otra vez. Debemos señalar que los Dogón jamás tienen ningún apuro. Y esta costumbre les ha valido el mote de “Gente Sewi” entre otras etnias. En algunas aldeas asentadas sobre el valle, la costumbre al despedirse es seguirse saludando hasta que la otra persona se pierde de vista, lo cual puede llevar un buen rato, y uno puede encontrarse a alguien que levanta la mano a cada minuto mientras repite: mmm... ahh..., en donde el mmm sería su “adiós” y el ahh su respuesta al mmm del que se fue y que, por supuesto, no puede escucharlo. Otra costumbre relacionada al saludo, es saludar desde lejos con ambas manos levantadas, eso asegura a ambos “saludantes” que tendrán una buena cosecha.

Una vez a la semana se organiza, en un lugar determinado al pie de la falla, el mercado Dogón, a dónde acuden los habitantes de todas las aldeas a reunirse, comerciar e intercambiar los productos que elaboran como así también comprar y vender cabras. El colorido, el bullicio, los olores y sabores que allí se concentran son indescriptibles para nosotros los blancos. Eso sin contar el clima de alegría y armonía que se respira; aquí no solo se comercia sino que se socializa con amigos o parientes que viven en lugares alejados y aprovechan para verse en este tipo de eventos.

Hemos concurrido al mercado Dogón, muy cerca de Dioudorou, y una vez que pasamos un buen rato allí, nos dirigimos hacia Benimato, unos cuatrocientos metros sobre la falla, casi por encima del mercado; al emprender la marcha (todo se hace a pié, por supuesto, y sin apuro) un hombre comenzó a caminar con nosotros, charlando animadamente con nuestro guía; se ofreció a cargar nuestras mochilas y no se lo permitimos, María Inés y yo no queríamos abusar de su amabilidad y sabíamos que la subida sería larga y escarpada. El caso es que llegando al sendero al pié de la falla por donde debíamos comenzar a subir, el buen hombre se deshizo en saludos y sonrisas, se despidió de nosotros y marchó por donde habíamos venido. Por supuesto no entendíamos muy bien que pasaba, asumimos que sería un gran amigo de Mamadou que quiso aprovechar hasta último momento para hablar con él; pero no fue así, era simplemente un habitante de Dioudorou, que siguiendo las antiguas costumbres, debía acompañar al visitante hasta los límites de la aldea; gran sentido de la hospitalidad, desconocido para nosotros.

Finalmente, luego de unas dos horas de marcha, llegamos a Benimato, no sin antes haber visto pasar ante nuestros ojos largas filas de personas y niños que regresaban desde el mercado, cargados con todo tipo de cosas y subiendo cual si fueran por una limpia llanura.

Benimato es una aldea extremadamente bonita, quizá la más bonita de las que recuerdo. Situada en una meseta sobre la falla, conviven allí Dogones cristianizados, islamizados y animistas. Desde sus límites se dominan los valles a uno y otro lado de la falla y nada interrumpe la belleza del cielo nocturno, tan cargado de estrellas que uno las puede tocar apenas levantando la mano, como bien observaba María Inés. Fue allí donde pudimos, luego de cuatro días, darnos un buen baño: fuimos provistos de un balde con agua (fría por supuesto), una pavita plástica y el infaltable jabón de Carité, una especie arbórea del lugar de donde se extraen un sinfín de derivados para el aseo, la cocina y como medicinas.

Con nuestro “equipo” de aseo fuimos hacia una tapia doble que nos daba “intimidad” y bajo el techo de estrellas y esperando que nadie pase por el frente, nos dimos un veloz pero reparador baño, alumbrándonos con la luz de nuestros celulares (los cuales eran inútiles para cualquiera otra cosa, e imposibles de cargar por cierto, a excepción de alguna batería de coche que se usa para esos menesteres en algunos lugares, ya que no hay energía eléctrica en todo el país Dogón).

Luego cenamos el infaltable pollo con arroz o verduras y la noche se prolongó en charlas de todo tipo. A nosotros nos interesaba conocer algo de su cosmogonía y la conversación nos fue llevando a aprender algunas cosas sobre sus costumbres, creencias e incluso sobre su visión sobre nosotros:

Madou, el “patrón” de Mamadou y conductor en nuestros tramos en coche nos explicó:

- Nosotros creemos que el sol es más grande que la tierra; y la tierra gira alrededor del sol. Los blancos conocen esto y muchas otras cosas. Conocen como funcionan casi todas las cosas, pero hay algo que no saben. ¿Ustedes saben sobre qué está apoyada la tierra? No, no lo saben. La tierra se apoya en la espalda de un gran pez rojo, un pez muy muy grande. Cuando el pez se mueve mucho, sobrevienen los terremotos.

- Es verdad, Madou –repliqué- nosotros no sabemos eso, creemos que la tierra está como flotando en el aire.

- Pues está sobre el pez rojo.

- ¿Y dónde está, a su vez, ese pez rojo?

- Está en un mar infinitamente grande, y va por donde quiere.

- Oh, ahora entiendo.

Mamadou escuchaba y asentía y traducía, pero también él tenía preguntas para hacer:

- En tu país ¿el presidente es Obama? ¿Y dónde queda, cerca de España?

Como pude le expliqué que Obama era presidente de otro país, muy lejos del mío y ambos muy lejos de España, cruzando el mar.

- Pues yo quisiera ir a trabajar a América, y ganar mucho dinero y vivir como viven ustedes.

A lo cual María Inés le explicó que nosotros trabajamos demasiado y no vivimos nada bien, y todo con la esperanza de que al ser ya mayores, podamos, si logramos juntar suficiente dinero, vivir como viven ellos, tan tranquilos y sin preocuparse por el dinero; que más bien se ahorre los dolores de vivir en América. Tal vez no lo convenció, pues María Inés es mujer y las mujeres no saben muchas cosas, ni tampoco deberían intervenir en una conversación de hombres; entonces volvió a dirigirse a mí, como corresponde. Y me hizo la última pregunta, a la que no supe que contestar; la pregunta que me hizo comprender exactamente hasta dónde estamos emporcados en nuestra vida, tan diferente de la suya.

- Oye, José, en tu país ¿las mujeres tienen graneros?

 País Dogón (Mali), invierno de 2014

 

[1] No debe aquí tomarse la traducción “diablo” en su forma negativa, sino como un ser sobrenatural, bueno y sabio para este caso.

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